Déjenlo estar solo y en silencio…

(25) Bueno es el Señor con quienes en él confían,

con todos los que lo buscan.

(26) Bueno es esperar calladamente

a que el Señor venga a salvarnos.

(27) Bueno es que el hombre aprenda

a llevar el yugo desde su juventud.

(28) ¡Déjenlo estar solo y en silencio,

porque así el Señor se lo impuso!

Lamentaciones 3:25-28 (NVI)

Hay mucha gente en este mundo, miles de millones. Pero en un sentido cada uno de nosotros está solo. Cada vida particu­lar tiene sus propias relaciones en las que debe permanecer solo y a las que no lo puede acompañar otra persona. Las amistades pueden ser muy íntimas, y pueden ser de mucho consuelo e inspiración, pero en el sentido interno de la vida cada individuo vive solo y aparte. Nadie puede vivir por ti. Nadie puede dar respuestas a tus dudas, solamente tú. Nadie puede tomar tus responsabilidades, y hacer tus decisiones y elecciones. Nadie puede realizar tus relaciones con Dios, sino tú. Nadie puede creer por ti. Mil amigos pueden rodearte y orar por ti, pero solamente cuando eleves el corazón en oración a Dios habrás puesto el alma en comunicación con Dios. Nadie puede obedecer a Dios en tu lugar. Nadie puede realizar tu trabajo por Cristo, ni nadie puede rendir cuentas por ti ante el trono del juicio.

Esta soledad de la vida a veces se hace muy real en la conciencia. Las grandes almas lo han experimentado cuando se destacan por so­bre el común de los hombres en sus pensamientos, esperanzas y aspira­ciones, al igual que las montañas que se elevan sobre los valles y ce­rros menores. Los grandes líderes deben permanecer solos con mucha frecuencia, pues deben avanzar al frente de sus seguidores. Las bata­llas por la verdad y el progreso siempre han sido llevadas a cabo por almas solitarias. Elías, por ejemplo, en tiempo de desaliento, dejó bien claro que su soledad como hijo de Dios era la carga más grande que soportaba en su vida. En todas las épocas ha sido igual. Dios llama a un hombre para que le sirva con fidelidad y luche por Él.

Pero esta experiencia no es solamente para las almas grandes; en la vida de cualquiera que vive fielmente y en forma digna hay momen­tos en que debe luchar solo por Dios, sin compañía, y quizá sin que haya quien muestre simpatía por nuestro trabajo o pronuncie las ne­cesarias palabras de aliento. — J. R. Miller (1891).

solofuente: http://korte.files.wordpress.com/2008/03/solo.jpg

Publicado el 6 mayo, 2009 en Reflexiones. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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