Felicidad sin secretos

Ricardo Gondim

La mayor búsqueda del ser humano es la de la felicidad. Pascal señalaba que hasta los suicidas se ahorcan queriendo ser felices. Nadie anhela la felicidad para poseer dinero, por el contrario, corremos detrás del dinero para ser felices. Por lo tanto, el fin último que elegimos para nuestra existencia es la felicidad.

Una de las mayores decepciones que sufrí al convertirme fue descubrir que no era verdad que con sólo profesar la fe cristiana automáticamente sería feliz. Descubrí, a lo largo de los años, que muchos cristianos, en verdad, no son felices.

Me animo a añadir que yo ya vi personas que no son cristianas llevando una vida más justa, más completa y más plena que muchos cristianos.

Los pastores y sacerdotes cristianos deberían ser claros y honestos. Ellos no pueden mentir: la fe cristiana no produce felicidad automática.

En el esfuerzo por producir conversiones, no necesitamos propaganda engañosa a fin de seducir a las personas para la fe en Cristo. Por lo tanto, seamos sinceros: mucha propaganda evangélica es engañosa.

Hace unos días, un programa evangélico alardeaba en los medios: «Si tú estás pasando por dificultades, si estás viviendo en un infierno, basta con decirle sí a Jesucristo y tú serás feliz». El predicador no se intimidaba con sus declaraciones: «Dios está a tu disposición para ayudarte, basta con que ores conmigo y yo te garantizo que tu vida cambiará en un abrir y cerrar de ojos».

Pasar una semana entre creyentes ya es suficiente para verificar que eso no sucede. Existen innumerables personas convertidas dentro de las iglesias evangélicas con depresión, angustiadas, llenas de dudas, sofocadas por deudas en tarjetas de crédito, ansiosas, irritables, insomnes y nerviosas.

Repito: la predicación «Conviértete y serás feliz» es falsa. Las razones son diversas. Primero, la conversión no tiene nada que ver con el concepto de que Dios resuelve nuestros problemas instantáneamente. Convertirse es someter nuestra voluntad a su soberana voluntad.

Segundo, en la conversión se resuelve el conflicto relacional de la creación, Dios decidió crearnos, libres. Dios es trino y, por lo tanto, relacional. El vive eternamente en una comunidad tan única, que podemos afirmar que el Dios trino del cristianismo es sólo uno. Se puede decir que nuestra libertad fue el precio que Dios se dispuso a pagar, por su soberana decisión, para que pudiéramos amar.

La conversión significa, por lo tanto, que una persona humana respondió al toque divino de la gracia que invita a esa relación. El convertido es quien dice sí a la invitación de Dios. Allí se inicia una relación amorosa semejante a la de los padres e hijos, amigos, novios, o pastor y ovejas. Convertirse es aceptar que la voluntad humana se ajuste a la voluntad de Dios, siempre con el propósito de una relación íntima.

Después de que nuestra voluntad se sujeta a la voluntad de él, se inicia una caminata. En ella Dios nos enseñará cómo transformar nuestra historia de perdición en vida plena.

Puesto de una manera coloquial, seria como si Dios afirmara: «Bien, ahora tú estás conmigo, deja que te enseñe cómo ser feliz».

La diferencia fundamental entre el cristiano y el que no lo es se encuentra en que el primero se sometió a la voluntad de Dios y ahora dispone de sabiduría divina para convertir en tolerable la vida.

Sin embargo, algunos pueden ser cristianos, tener esa sabiduría a su disposición y no saber cómo utilizarla. Sería como una persona que vive sobre un yacimiento de oro, pero ignorando su realidad, nunca echa mano del tesoro que le pertenece. Conozco a un joven que heredó la biblioteca de su padre, pero nunca leyó ninguno de aquellos libros. El padre era uno de los hombres más cultos, pero el chico era un playboy, así que, jamás tocó ninguno de los tomos de los estantes.

Recuerdo un suceso que estremeció al mundo, un avión, que transportaba a un equipo de rugby, cayó sobre los Andes. Por varios días los jóvenes quedaron aislados en la nieve, con hambre y con mucha sed. Iniciaron algunas expediciones en busca de ayuda, pero todas fueron infructuosas. Hambrientos y desesperados, todos los sobrevivientes acabaron practicando el canibalismo con los cuerpos de aquellos que habían muerto en el accidente. Luego de su rescate, descubrieron que habían caminado en la dirección incorrecta. Si hubiesen tomado el camino opuesto, hubieran encontrado una casa con la despensa llena de alimentos enlatados.

Jesús inauguró su ministerio con el Sermón del Monte que sintetiza la Ley Áurea del reino de Dios. Los capítulos 5, 6 y 7 del Evangelio según Mateo resumen el núcleo fundamental de toda la enseñanza de Cristo. Estos son sus estatutos fundamentales, su Constitución mayor.

Como el mayor interés de Dios es que disfrutemos de la gloria que él disfruta en la Trinidad, como él sabe que nuestra mayor ambición en la vida es la felicidad, Jesucristo comenzó su sermón fundamental, enseñando cómo las personas podían encontrar la verdadera felicidad.

«Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.

Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros,

mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos;

porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros». (Mateo 5.3–12)

Jesucristo fue transparente en su enseñanza: quien anhele ser feliz, necesita tres actitudes correctas: a) para consigo mismo —siendo pobre de espíritu, admitiendo sus lágrimas, siendo humilde, y manteniendo su compromiso con la justicia; b) para con Dios —siendo misericordioso como Dios es, manteniendo el corazón puro, y siendo un pacificador; c) para con el mundo que lo rodea —estando dispuesto a sufrir por lo que crees, manteniendo la integridad emocional aun siendo perseguido.

Vale insistir, aun bajo el juicio de parecer redundante: Jesús inicia su enseñanza ofreciendo algunas pistas de que la felicidad no sucede por casualidad. Por lo tanto, el carácter cristiano necesitará contener tres ingredientes para producir felicidad. El primero, trata de la esencia del ser —humildad de espíritu, la habilidad de llorar, la mansedumbre, el hambre y la sed de justicia. El segundo, refiere las expresiones del ser —misericordia, pureza de corazón, promoción de la paz. El tercero, corresponde a los compromisos del ser delante de la adversidad, de la persecución y de la injuria.

Por lo tanto, la expresión «Bienaventurados» —que significa «felices”— no es solamente indicativa o descriptiva del verdadero cristiano, sino imperativa.

El inicio del Sermón del Monte no constituye sólo una promesa, sino que también comprende una convocatoria y, a la vez, una exhortación. Jesús señala el camino para aquellos que quieran realmente experimentar la felicidad. Su enseñanza, en otras palabras, exhorta a las personas a recordar siempre que, cuanto más cerca se encuentren de los principios expuestos por él, más cerca estarán de disfrutar de una vida plena.

Jesús enseñó que la felicidad no es fruto de una experiencia aislada, ella es resultado de una jornada —la adopción de un estilo de vida.

La vida abundante no se encuentra, ella se construye. Los dichosos son llamados «felices» no porque pasaron por una experiencia mística o esotérica, sino porque vivieron de tal manera que la felicidad fluyó. Los valores del reino de Dios producirán en ellos una satisfacción real.

Significa que la felicidad no viene de afuera hacia adentro, sino que ella fluye de dentro hacia fuera. Un ángel no toca a nadie para que sea feliz. Si hubiera una intervención angelical, ella serviría para revelar o dotar a personas de fuerzas para que practiquen lo necesario para encontrar alegría eterna.

Pimentinha fue un personaje muy conocido de las secciones cómicas de los periódicos. Cierta vez, la dibujaron de rodillas, al borde de la cama, elevando una plegaria: «Dios, por favor, transfiere las vitaminas de la zanahoria para el helado». Nos reímos de su ingenuidad infantil. No obstante, muchas veces, oramos de la misma manera. Queremos que Dios, por medio de algún truco mágico, transfiera la felicidad celestial a nuestra vida.

Cuando una persona experimenta el poder de la gracia, ella no sale de un estado de tristeza para uno de alegría, con un chasquido de dedos; sólo abandona el camino que conduce a la tristeza para optar por otro que lleva a la felicidad. Así y todo, algunos valores necesitarán ser incorporados a su nuevo estilo de vida.

El Sermón del Monte fue una especia de cartilla en la que Jesucristo garantizó a los suyos que, si buscan el reino de Dios y su justicia en primer lugar, todos los ingredientes que generan felicidad serían añadidos. Para Jesús, felicidad no es una estación donde nos quedamos, sino una manera de viajar.

La gran frustración que encuentro en muchos cristianos es que esperan una oración especial, una profecía estrafalaria, una visión sobrenatural, un arrebatamiento espectacular para, de repente, entrar en un estado perenne de felicidad.

Los caminos que llevan a esa vida, pasan por acciones que son constantemente rechazadas. ¿Quién desea preferir a los otros, vaciarse de la arrogancia de verse como un semidiós o ser menos egocéntrico? La esencia del cristianismo auténtico comienza cuando sus seguidores buscan vaciarse de sus propios métodos para pasar a considerar los de Dios. Por eso: «Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos».

Cristo fue directo: «aprende a llorar, —a mantener el alma tierna, sensible, a no auto justificarte— Dios te dará el poder de sentirte frágil, dependiente de él. Por eso: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación».

Él insiste con un tema muy poco popular: «desea ser manso». Jesús entendía que mansedumbre significa abrir mano de reivindicar lo que es tuyo, desistir de querer siempre ganar; los mansos se someten. Por eso: «Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad».

Él indica el camino para vivir con satisfacción real: «desea ser justo, ama lo que es correcto». En todos los actos, cuestiónate siempre: «¿es correcto? ¿es recto? ¿eso es justo?». Quien ama la justicia y tiene deseo enorme de verla siendo practicada, será feliz. Por eso: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque ellos serán saciados».

Aún se escucha el eco de sus palabras: «desea ser misericordioso para con los débiles; sé paciente con los que no llegan a alcanzar tu estándar; sé comprensivo con los rezagados, con los que fracasan, con los que tropiezan en sus propios errores». Quien guarda esa actitud para con los derrotados será feliz, porque en el día a día cuando necesite comprensión para sus propios errores, la encontrará.

Él convoca a sus seguidores a ser coherentes en la conciencia: «busca ser limpio de corazón, y no permitas sombras, caminos bifurcados, inconsistencias, hipocresía, falsedad o engaño». Para Jesús, quien vive una vida íntegra, será feliz. Su declaración fue osada: «los puros experimentaran la mayor de todas las felicidades, ellos verán a Dios».

Jesús incentivó la concordia y ordenó que se promoviese la paz: «no seas un promotor de cizaña, nunca sirvas de canal para el odio, no suscites la venganza y no desparrames disensión. Reconcilia a quienes se odian, reúne a los diferentes, promueve el amor y tú serás feliz». De allí la afirmación: «los pacificadores serán llamados hijos de Dios».

Él aconseja que sus seguidores sean personas de ideas claras, convicciones sólidas, puntos de vista legítimos: «si esa postura te va a traer odio ajeno y si tu fe no fuera popular, continúa siendo genuino, la historia premió a todos los que obraron así. Los claudicantes, los pusilánimes, los cobardes se perdieron. Nadie recuerda al perseguidor, sólo los perseguidos son recordados». Jesús afirmó : «Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros».

En el verdadero cristianismo, la felicidad no es circunstancial, ella depende de los contenidos del carácter. Jesús enseñó a sus discípulos que la pregunta esencial no es: «¿esto me hará feliz?», sino, «¿esto es correcto?».

Todos nutrimos el concepto erróneo de que la felicidad depende de las circunstancias. Al contrario de Jesucristo, raramente establecemos una correlación entre la felicidad y el carácter. Muchos viven miserablemente prometiéndose a sí mismos: «Seré feliz el día que cambie de casa, compre un barco, termine la facultad, tenga un hijo, los hijos se casen, cambie de esposa, viva en Minas Gerais, construya una casa en Porto de Galinhas o viva en Miami».

Por causa de esa visión de que lugares, personas y oportunidades, producen felicidad, no tomamos como prioridad la ética, la integridad y tampoco el compromiso con la justicia.

Infelizmente acabamos creyendo que la disciplina de una vida íntegra no tiene nada que ver con la felicidad y sí con collares religiosos o morales.

A través de todo el Sermón del Monte, Jesús no libra a sus discípulos de ninguna obligación. El enseñó algunos principios duros. Se encuentran determinados pasajes que al leerlos exclamamos: «¡Eso es muy difícil!». Fue por ese motivo que él inició afirmando: «Yo les voy a enseñar algunas verdades que para ustedes pueden aparentar ser muy difíciles, pero créanme, quienes las practiquen serán bienaventurados —o felices».

El Sermón inicial de Cristo se fundamente sobre una premisa bíblica: lo que el hombre o lo mujer sembrare, eso, ciertamente, cosechará. No importa si la religión está siendo ceremonialmente cumplida: quien plante viento, cosechará tempestad; quien plante odio, cosechará violencia; quien plante amor, cosechará amistad; quien plante venganza, cosechará amargura; quien plante fidelidad, cosechará compromiso; quien plante mentira, cosechará traición; quien plante verdad, cosechará integridad.

El Sermón del Monte ofrece principios para los que buscan esa vida verdadera y plena prometida por Jesús. Lo mejor es que él mismo se propone ayudar a sus discípulos en cada paso del camino.

Fuente: Desarrollo Cristiano.com

 http://www.desarrollocristiano.com/articulo.php?id=2004        

Publicado el 19 febrero, 2010 en Reflexiones. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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