Nuestro pecado por omisión, la falta de compromiso.

LuisRo

Texto: Lucas 10: 30-37 (DHH)

Jesús entonces le contestó: Un hombre iba por el camino de Jerusalén a Jericó, y unos bandidos lo asaltaron y le quitaron hasta la ropa; lo golpearon y se fueron, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote pasaba por el mismo camino; pero al verlo, dio un rodeo y siguió adelante. También un levita llegó a aquel lugar, y cuando lo vio, dio un rodeo y siguió adelante.

Pero un hombre de Samaria que viajaba por el mismo camino, al verlo, sintió compasión. Se acercó a él, le curó las heridas con aceite y vino, y le puso vendas. Luego lo subió en su propia cabalgadura, lo llevó aun alojamiento y lo cuidó. Al día siguiente, el samaritano sacó el equivalente al salario de dos días, se lo dio al dueño del alojamiento y le dijo:’Cuide a este hombre, y si gasta usted algo más, yo se lo pagaré cuando vuelva.’

Pues bien, ¿cuál de esos tres te parece que se hizo prójimo del hombre asaltado por los bandidos? El maestro de la ley contestó: El que tuvo compasión de él. Jesús le dijo: Pues ve y haz tú lo mismo.

Preguntas Generadoras:

  1. ¿La actitud del sacerdote y del levita fue negligencia o pecado?
  2. ¿Quien es tu prójimo?

En esta parábola, la fuente de asistencia no fue un pariente o un conciudadano de Israel, sino un despreciado samaritano. Se nos recuerda que una de las grandes tragedias del prejuicio es que nos separa de quienes pueden eventualmente ofrecernos ayuda. La compasión del samaritano merece el mayor de los elogios, porque la persona a la que asistió, bajo circunstancias normales, probablemente ni siquiera le habría dirigido la palabra. Cristo ha venido a romper una separación semejante entre los seres humanos.

Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad.

1 Juan 3:18

De la parábola aprendemos tres principios acerca de lo que significa el amor al prójimo: (1) la carencia de amor es a menudo fácil de justificar a pesar de que nunca es buena; (2) nuestro prójimo es cualquiera que esté en necesidad, sin importar raza, credo ni procedencia social; y (3) amor significa hacer algo para suplir la necesidad de alguien. No importa dónde vivamos, hay gente necesitada a nuestro alrededor. No hay justificación para negar ayuda al que lo necesita.

El libro de Santiago 4:17 nos enseña que el que sabe hacer el bien y no lo hace, comete pecado. El portarnos bien puede fácilmente llevarnos a una falsa sensación de seguridad, creyendo que estamos aprobados porque no hemos cometido pecado alguno. Mas el apóstol lleva el concepto de entrega a un plano más sublime. Nos dice que para vivir una vida aceptable delante del Padre no es suficiente con evitar el mal, aunque esta es una parte importante de nuestro compromiso. Para vivir una vida espiritual cristiana en toda sus dimensiones debemos, además, estar dispuestos a involucrarnos con aquello que sabemos es bueno. Es decir, nuestra vida no puede ser vivida solamente en el plano de las reacciones, sino que el Señor nos llama también a ser personas proactivas que deliberadamente procuramos buenas acciones.

El entender esta verdad nos puede librar de una vida de comodidad, donde nuestra principal actividad simplemente consiste en no transitar por el camino errado. El Señor, sin embargo, nos llama a estar activamente involucrados en promover el bien y extender el Reino. Quiere decir que nuestra fe nos obliga a imitar el compromiso de nuestro Padre que, viendo nuestra condición perdida, tomó la decisión de hacer algo al respecto. Del mismo modo nosotros, al ver a nuestro alrededor personas atrapadas en el pecado y la maldad, debemos hacer a un lado nuestros propios intereses para trabajar activamente para buscar el bien del prójimo.

El libro de Santiago nos cuestiona a que no hacer lo bueno es tan condenable como hacer lo malo. Esto tiene serias implicaciones para nosotros, que conformamos el cuerpo de Cristo. La iglesia debe ser, siempre, una fuerza activa y visible en la sociedad donde nos encontramos. Dios nos llama a nosotros, a que estemos constantemente animando a ocupar su lugar dentro de su proyecto transformador, con nuestros vecinos, compañeros de trabajo, amigos y todos aquellos que él coloca por nuestro camino a diario; el no hacerlo, se convierte en nuestro pecado por omisión: la falta de compromiso de llevar el amor y la misericordia del Padre a aquel que lo necesita.

indiferente

Referencias

  1. Hayford, Jack W., General Editor, Biblia Plenitud, (Nashville, TN: Editorial Caribe) 2000, c1994.
  2. Barton, Dr. Bruce B., Editore, Biblia del Diario Vivir, (Nashville, TN: Editorial Caribe) 2000, c1996.
  3. Material de apoyo: Christopher Shaw. DesarrolloCristiano.com.

Publicado el 22 febrero, 2010 en Reflexiones. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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