Educando hijos para la gloria de Dios

¿De qué sirve brindar a los hijos todos los caprichos, si no les brindamos una verdadera familia?

S. Biffi

 “Y la hija del faraón le dijo: —Llévate a este niño y críamelo. Yo te pagaré por hacerlo. Fue así como la madre del niño se lo llevó y lo crió”

Éxodo 2:9

Estas   palabras   fueron    dichas  por  la  hija  de       Faraón  a  Jocabed,  madre  de Moisés. Era el tiempo en que Faraón ordenó que los hebreos echaran los hijos varones recién nacidos en el Nilo,  al  poco tiempo de nacer el bebé, sus  padres  se  vieron obligados  a  esconderlo  en  una arquilla de juncos a la orilla del río Nilo.

Estando allí, fue encontrado por la hija de Faraón. Su llanto infantil la movió a compasión que decidió no sólo rescatarlo de las aguas del rio Nilo, sino educarlo como si fuera su propia madre. Miriam, la hermana de Moisés, quien había observado todo sin ser vista, se acercó ahora como alguien que desconocía las circunstancias que habían ocasionado que el niño estuviera en ese lugar.

Al escuchar la decisión de la princesa, Miriam ofrece conseguir una mujer hebrea para que cuidara del niño hasta que tuviese la edad suficiente para aparecer en la corte de Faraón su padre. Este ofrecimiento fue aceptado, por lo que Miriam fue y llamó a Jocabed (su verdadera madre) a quien la princesa le encomendó el niño con las palabras de Éxodo 2:9: “… Llévate a este niño y críamelo. Yo te pagaré”, en definitiva, la frase anterior, demuestra la soberanía de Dios en todo lo que sucede en esta vida.

De igual forma, Dios se dirige a nosotros, padres y madres de familia, y nos dice en su santa Palabra: “Lleva este niño y edúcalo para mí, y yo te lo pagaré”. Dios paga muy bien lo que pide. Trabajar para Dios es la mejor empresa y la más grande seguridad de todo creyente.

¿Qué se requiere para educar a los hijos para Dios?

 Paso 1: Tener conciencia y una convicción sincera, de que nuestros hijos son en verdad propiedad de Él. Dios nos encarga su cuidado por un tiempo, con el propósito de formarlos en el Temor de Dios y en los Principios Bíblicos.

A pesar de lo cuidadoso que seamos para educar a nuestros hijos, no podemos decir que los educamos para Dios a menos que creamos que son de Él, porque si creemos que son exclusivamente nuestros los educaremos para nosotros mismos y no para Él.

Saber que son de Él es entender que Dios tiene el derecho soberano de hacer con ellos lo que quiere y de quitárnoslos cuando Él así lo disponga.

Que  son  de  nuestro Creador  y  que  posee  Él  este  derecho,  es  evidente  según innumerables pasajes de las Sagradas Escrituras. Éstas nos dicen que Dios es el que forma nuestro cuerpo y es el Padre de nuestro espíritu, que todos

somos sus hijos, y que, en consecuencia, no somos nuestros, sino de Él. También nos aseguran que tal como es de Él el alma del padre y la madre,
de Él es el alma de los hijos. Dios reprendió y amenazó varias veces a los
judíos porque sacrificaban los hijos de Él en el fuego de Moloc (Ezequiel 16:20-21).

A pesar de lo claro y explícito que son estos textos bíblicos, son pocos los padres que parecen comprenderlo. Son pocos los que parecen sentir y actuar como si tuvieran conciencia de que ellos y los suyos son propiedad absoluta de Dios, que ellos son meramente padres temporales de sus hijos, y que, en todo lo que hacen para ellos, debieran estar reflejada la voluntad de Dios para nuestros hijos e hijas.

Es evidente que los padres tenemos que sentir esto antes de poder criar a nuestros hijos para Dios, porque ¿cómo podemos educar a nuestros hijos para un ser cuya existencia no conocen, cuyo derecho a ellos no reconocen y cuyo carácter no aman?

Paso 2: Educar a los hijos para Dios significa dedicarlos, entregarlos o consagrarlos para Él eternamente.

Al decir, dedicarlos a Él, estamos diciendo que reconocemos

que  consideramos  a  nuestros  hijos  enteramente  de  Dios  y  que  los
entregamos sin reservas a Él para este tiempo y la eternidad. Si nos
negamos a dárselos a Dios, no podemos decir que los educamos para Él.

Ana le pidió con gran suplica un hijo a Dios y lo dedicó por completo para Él. “… mira lo triste que estoy. ¡Acuérdate de mí! No me olvides. Si me concedes un hijo, te lo entregaré a ti. Será un nazareo: no beberá vino ni bebidas embriagantes, y nunca se cortará el cabello». (I Samuel 1:11).

Paso 3: Si educamos a nuestros hijos para Dios, tenemos que hacer todo lo que hacemos por ellos basados en motivaciones correctas. La única motivación que las Escrituras consideran correcta es hacerlo para la gloria de Dios y tener un anhelo devoto de promoverla.

Nuestros hijos pueden alcanzar muchos logros pero si no apuntan para la Gloria de Dios, todo es vanidad. Lo que no apunta para Dios termina en nuestra propia gloria.

Ana dedicó a su hijo Samuel por completo para la Gloria de Dios. Oré por este hijo, y el Señor contestó mi oración, dándomelo. Ahora se lo entrego al Señor, y él servirá al Señor toda su vida. Entonces Ana dejó ahí al niño y adoró al Señor”

(1 Samuel 1:27-28).

Glorificar a Dios debería ser la principal motivación en la formación integral de nuestros hijos. Si actuamos únicamente basados en nuestro afecto paternal y maternal, estamos emulando un comportamiento muy natural como el de los animales por sus crías, muchos de los cuales aman a éstas no con menor pasión y  están  listos  para  enfrentar  peligros,  esfuerzos  y sufrimientos para promover la supervivencia de sus pequeñuelos, ¿no estaremos actuando en esa dimensión?

El cuidado y la educación de nuestros hijos e hijas, por más insignificantes nos parezca, debe realizarse considerando dar Gloria y honra a Dios. Cuando así se hace, la educación en casa se convierte en un poderoso instrumento para la edificación del Reino de Dios.

Paso 4: si hemos de educar a nuestros hijos para Dios, debemos educarlos para su servicio.

Los pasos anteriores mencionados se refieren a nosotros mismos y nuestras motivaciones; el servicio nos invita a compartir los dones y talentos que Dios nos ha dotado; en tal sentido, debemos instruir y preparar a nuestros hijos para el servicio de Dios, tenemos que estudiar diligente y amorosamente su Palabra para asegurarnos de lo que Dios requiere de nuestros pequeños y pequeñas.

La oración frecuente pidiendo la asistencia del Espíritu Santo es fundamental en la educación integral de nuestros hijos e hijas y para el desempeño de relaciones armoniosas dentro del seno familiar.  La vida espiritual de nuestros chicos da inicio en el hogar y se cultiva con el ejemplo de una vida devocional consistente en donde es fundamental el testimonio (ejemplo) de nosotros como padres y madres y continúa edificándose en la comunidad de fe; es decir en la Iglesia.

La educación en el hogar, es el camino correcto para la formación de hombres y mujeres temeroso de Dios, respetuosos y obedientes a sus padres y ciudadanos ejemplares que modelan valores e influencian y transforman vidas según el modelo de Jesús.

Instruye al niño en su camino, Y aun cuando fuere viejo no se apartará de él.

 Proverbios 22:6

Recursos de apoyo:

  •   Educando para Dios, Iglesia Cristiana Verdad Viviente, sept. 2010.
  •    Biblia NVI
  •    Biblia Reina Valera 1960
  •   Biblia PDT Palabra de Dios para todos.

Publicado el 14 mayo, 2011 en Familia. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: