¿Sabes decir la verdad con amor?

¿Cuántos hermanos se han alejado de la iglesia o se han distanciado de nosotros por una palabra imprudente o mal dicha? ¿O por una actitud crítica de parte nuestra? ¿O por una fría reprensión? Muchas veces no meditamos en ello, y pensamos que si tenemos la razón, es más importante lo que decimos que cómo lo decimos. Sin embargo, si pensamos así podemos estar terriblemente equivocados.

“No hay amor sin verdad, ni verdad sin amor”. Este es un principio básico del Evangelio. El Evangelio no es sólo el contenido del mensaje, sino la forma como lo entregamos. Si el Evangelio valiera sólo por su contenido, sería mera teoría; es la forma cómo lo entregamos la forma en que lo practicamos.

 Jesús ponía especial preocupación acerca de la forma en que enseñaba el Evangelio:

“Jesús no suprimió una palabra de verdad, sino que profirió siempre la verdad con amor. Hablaba con el mayor tacto, cuidado y misericordiosa atención, en su trato con las gentes. Nunca fue áspero, nunca habló una palabra severa innecesariamente, nunca dio a un alma sensible una pena innecesaria. No censuraba la debilidad humana. Hablaba la verdad, pero siempre con amor. Denunciaba la hipocresía, la incredulidad y la iniquidad; pero había lágrimas en su voz cuando profería sus fuertes reprensiones. Lloró sobre Jerusalén, la ciudad amada que rehusó recibirlo, a El, el Camino, la Verdad y la Vida.” (Elena G. de White, El Camino a Cristo, pp10, 11).

 El error que muchos hermanos cometen es denunciar el pecado y el error sin amor ni misericordia. “La verdad duele”, dicen ellos, pero esto es un principio satánico que no está de acuerdo con lo que debiera ser la forma en que entregamos el evangelio.

 Jesús usó siempre el mayor tacto posible, tratando de que nadie se sintiera ofendido, herido o pasado a llevar. Él era humilde y paciente, tierno y compasivo con todas las personas, especialmente en consideración a las personas débiles. El procuraba atraerlos con su carácter bondadoso. Si queremos seguir su ejemplo, debemos tener en cuenta esto. Debemos atraer a las personas a Cristo, y no sacarlas de su error con dolor, miedo o temor. Su decisión de aceptar la verdad siempre esté motivada por el amor, no por otra cosa. Que quienes estén equivocados se sientan atraídos por la verdad, por Cristo, y no amedrentados por el juicio condenatorio, ni heridos por un comentario mal hecho.

Quien no procede de la manera como procedió nuestro Señor, simplemente NO TIENE EL ESPÍRITU DE CRISTO, el Evangelio no está con él, la verdad no está con él. “El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo” 1 Juan 2:6.

Si no procedemos con el amor de Jesús, ello sólo puede ser una muestra de que nosotros mismos no estamos caminando como Él, ni con Él. Cuando un creyente camina verdaderamente con Cristo, es inevitable que el carácter de Cristo traspase al suyo. Cuando caminas con Cristo y permites que Él sea quien gobierne tu vida, todas las asperezas de tu carácter son paulatinamente modificadas por Su amor. Por esto, el Evangelio sólo es poderoso cuando Cristo está con nosotros, en nosotros. Y éste es el secreto del evangelismo: “Si amas a los otros como Cristo los amó, tu amor les abrirá su corazón”.

 La verdad sólo es verdad cuando viene acompañada de amor, porque Dios es amor (1 Juan 4:8), porque Cristo es la Verdad (Juan 14:6), y porque no hay verdad sin amor, ni amor sin verdad.

 Por ello, la forma bíblica de proceder ante un hermano equivocado es muy simple y muy clara:

 “Hermanos, si alguno ha caído en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradlo con espíritu de mansedumbre.” Gal 6:1,2

¿Notaste la frase clave en esta cita, “si sois espirituales”? “Si sois espirituales”. Esta es la condición que necesita tu corazón antes de sentirte capacitado para proferir lo que crees que es verdad. Una persona espiritual ve la verdad de una manera completa, no a medias; no ve sólo lo que hay que decir, sino también la forma cómo debe decirla. Una persona espiritual será movida a decir la verdad por amor a Cristo y al prójimo, una persona no espiritual será movida por cualquier otro sentimiento (orgullo, vanagloria personal, etc.).

 “Si acariciamos su Espíritu, si manifestamos su amor a otros, si mutuamente preservamos nuestros intereses, si somos bondadosos, pacientes y tolerantes, el mundo tendrá una evidencia por los frutos que llevamos de que somos los hijos de Dios. La unidad en la iglesia es la que la capacita para ejercer una influencia consecuente sobre los incrédulos y mundanos” (Review and Herald, 5- 6-1888).

Como vemos, hablar la verdad no trata sólo del contenido, sino de su envoltorio también, es decir, la forma cómo la decimos, que es tan o más importante que lo que decimos. Si tan sólo aprendiéramos a poner en práctica este sencillo principio cristiano, el ambiente de nuestras iglesias mejoraría considerablemente.

Por Daniel Vera

Cortesía: Yeilyn Serrano

Preparado por: LuisRo

Publicado el 7 marzo, 2012 en Desarrollo Personal, Iglesia, Reflexiones. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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