“Una voz de aliento”

Adaptado por Arturo Menesses, del Sitio Cristiano Selah, Argentina.

El marco era inmejorable para el gran acontecimiento. Aquella soleada
y cálida mañana de otoño, en la pequeña aldea, presagiaba un
inolvidable evento. En cualquier calle del poblado se podía respirar el ambiente a  fiesta. Todos los vecinos caminaban en una única dirección: la pista
de atletismo, ubicada a pocas cuadras del casco urbano.

El “Centro Deportivo”, como le llamaban orgullosamente los lugareños,
estaba rodeado por una verde “alfombra” de césped y daba muestras
inequívocas de ser celosamente cuidado. El bullicio de los muchos concurrentes a la carrera de 400 metros  llanos, reservada para niños de hasta 14 años, expresaba el entusiasmo que la prueba había logrado despertar en la rutinaria vida de aquel pueblito casi perdido entre grandes cerros.

De pronto, los gritos se apagaron y el tenso silencio anunció la inminencia de la partida.  Los puños crispados, el respirar contenido y la mirada clavada en el
horizonte de los jóvenes competidores, fue abruptamente interrumpido
por el disparo de largada.

Rápidamente, un chico flacuchento tomó la iniciativa y se alejó varios metros del pelotón. Por la plasticidad de sus largos pasos y el ritmo armonioso que imprimía a sus piernas, parecía ser el seguro vencedor. Luego de la sorpresa inicial, gritos de aliento comenzaron a surgir a la vera de la pista: ¡Dale Jorge! ¡Vamos René! ¡No aflojes Juan! ¡No te quedes Carlos!.

A medida que aumentaba el griterío, el niño de piernas largas y andar seguro, que había “picado en punta”, fue cediendo en su ritmo y resignó el primer lugar del pelotón. En pocos metros un nuevo competidor lo superó y luego otro y otro…hasta quedar rezagado,  inexplicablemente, en los últimos lugares del grupo de atletas.  Al fin, un estallido de euforia quebró la histérica gritería y los aplausos premiaron a los más rápidos corredores.  Mientras se entregaban los trofeos, en medio de vítores y cánticos, un protagonista de la prueba estaba, curiosamente, fuera de escena. Alejado de la fiesta y de espaldas al palco, aquel pálido flacuchento, dueño de la partida, estaba sentado en la alfombra verde, con la cabeza entre sus piernas y el pecho jadeante.

Una señora advirtió tremendo cuadro y se acercó:

– “¿Lloras porque has perdido?”  – “No, no señora, yo lloro porque a mí nadie me alentaba”.  El chiquito era huérfano.

De aquellos gritos de aliento, los numerosos nombres pronunciados, ninguno iba dirigido al desgarbado de largos pasos. Aunque partió primero y tenía evidentes condiciones para ganar, de pronto, sintió que ya no tenía fuerzas para mantener su marcha.  El no necesitaba de un estratega o un maestro de atletismo, ni de un preparador físico a él sólo le faltaba reconocer su nombre en los cientos de voces de la multitud entusiasta. Sin embargo, como una cruel paradoja, en medio de tanto alboroto, de tan fenomenal bullicio, a él le invadió un sepulcral silencio…en el alma.

El nombre propio que nos identifica, suena como la mejor voz de aliento, que nos rescata de entre la multitud y nos dice que somos alguien para alguien. Actúa como un icono de identidad, un símbolo lingüístico y  una representación sonora de lo que somos. Demuestra además, aunque parezca tan obvio, que existimos y formamos parte del contexto que nos toca compartir.

Una de las más grandes torturas en los campos de concentración, constituyó siempre el reemplazo del nombre propio por un número de prisionero. Despojar del nombre significa resignar, en esas circunstancias, un seguro de existencia, borrarle el título a una historia y perder el referente exclusivo de identidad.

ALGUIEN PRONUNCIA TU NOMBRE

Sigmund Freud decía que cuando nace un niño, se inicia, en ese mismo
instante, un proyecto de vida. Ese plan fundamental, lo acuña su madre desde que mece al niño en sus brazos.

En uno de los libros de la Biblia, en Isaías 49, dice: ” Dios me llamó desde el vientre, de las entrañas de mi madre, tuvo mi nombre en memoria”.

Nadie tiene exclusividad con estas palabras ni existen privilegiados. Cuando Dios dice esto está hablando de tí y de mi. No logro imaginar  a un Dios que pueda crear seres anónimos. El no permite ver la luz a las personas como quien fabrica productos en  serie. El no llama a las masas ni convoca a “simples esquirlas” de una explosión demográfica él llama a individuos originales e irrepetibles como tú. Dios no es fabricante él es artesano y cada obra suya es expresión cabal y total de su arte.

Por eso, tú no eres el resultado de un proceso de producción estandarizado, sino la consecuencia de una inspiración el fruto del placer de Dios en crear algo nuevo, original, irrepetible y especial.

Puede que, en medio del desaliento, en medio de ensordecedores problemas, que te sobrepasan y te postergan, no escuches la voz de tu creador que te está llamando.

Creo, sinceramente, que a la vera de la pista de la vida, él te está alentando, está EVOCANDO con amor incomprensible y tierna voz tu nombre. En un desafío de fe, puedes escuchar su aliento.

¿Elegiste ya tu norte, tu derrotero? ¿hacia donde corres? ¿Tienes sueños y metas que cumplir?.

Entre tantas voces crueles de espectadores indiferentes que omiten tu identidad, escucha a tu Dios él te conoce bien. No importa cuan escuálida y flacuchenta esté tu alma, oye su voz, con él, la carrera recién empieza.

NO  TE QUEDES  EN  EL CAMINO POR FAVOR

Publicado el 28 noviembre, 2012 en Desarrollo Personal, Motivacional. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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