RECOBRANDO EL GOZO DEL SERVICIO

Hannaii Whitali Smith (1832—1911)

PRESENTACIÓN DEL AUTOR

Hannah Whitall Smith nació en Filadelfia en 1832 en el seno de una familia cuáquera. Su libro, The Christian Secret of a Happy  Life (El secreto cristiano de una vida feliz) del que se ha tomado el resumen que sigue, se ha convertido en un clásico. Publicado en 1870, fue un faro de luz y estímulo para la época en que ella lo escribió, y continúa inspirando a hombres y mujeres a vivir una vida más gozosa en Cristo. Ha vendido casi dos millones de copias.

Whitall Smith de ninguna manera era una adusta sierva de Jesús, por el contrario, su vida expresaba el gozo que brota de una rendición completa. El “secreto” de una vida feliz, de acuerdo con Hannah Whitall Smith, consiste en confiar absolutamente en las promesas de la Biblia. Su meta no era impresionar al erudito, sino elevar al hombre o a la mujer sencillos y que anhelaban una manera de vivir más consagrada.

Sus escritos son intensamente prácticos y tratan directamente con las luchas cotidianas de la gente común. La autora teje su teología bíblica dentro y fuera de las historias de la vida de la gente. En el fragmento que sigue trata abiertamente con el problema del servicio cristiano cuando éste ha llegado a convertirse en una carga. ¿Qué puede hacerse cuando nuestro trabajo para Dios ha perdido su gozo? Hannah Whitall Smith nos ofrece un consejo excelente.

FRAGMENTOS DE EL SECRETO CRISTIANO DE UNA VIDA FELIZ

1.    El “¿Yo debo?” de la obligación

Cuando empezamos a vivir la vida escondida con Cristo en Dios, la cuestión del servicio es probablemente la parte de la experiencia cristiana donde mayores cambios ocurren.

De todas las formas ordinarias de la vida cristiana, el servicio es susceptible a una cierta dosis de esclavitud; se hace en su mayor parte como un asunto de obligación, y a menudo como una prueba y una cruz. Ciertas cosas, que al principio pudieron haber sido un gozo y deleite, después de un tiempo llegan a convertirse en tareas agotadoras, realizadas fielmente, quizás, pero con mucha secreta aversión y muchos deseos confesados o no de que no debían hacerse en absoluto, o que al menos no necesitaban hacerse tan seguido.

El alma se encuentra diciendo, en vez del “¿puedo?” del amor, el “¿yo debo?” de la obligación. El yugo, que al principio era fácil, comienza a mortificar, y la carga ya no se siente ligera, sino pesada.

2.    La rutina del trabajo cristiano cotidiano

Una querida cristiana me lo ex-presó una vez de esta manera: “Cuando me convertí”, dijo, “estaba tan llena de gozo, tan contenta y agradecida que quería hacer lo que fuera por mi Señor, y entraba ansiosamente por toda puerta que se abría. Pero después de un tiempo, cuando mi primer gozo se apagó y mi amor ardía con menos fervor, empecé a desear no haber sido tan ansiosa; pues me encontré envuelta en una serie de tareas que gradualmente se me fueron haciendo muy desagradables y pesadas.

“Desde que las había empezado, no pude muy bien dejarlas sin despertar grandes comentarios, y no obstante deseaba hacerlo así cada vez más. Se esperaba que visitara a los enfermos y orara al lado de sus camas. Se esperaba que asistiera a las reuniones de oración y hablara en ellas. Se esperaba, en pocas palabras, que estuviera siempre dispuesta a cualquier esfuerzo para la obra cristiana, y el sentimiento de estas expectativas me agobiaba continuamente.

“Por fin se me hizo tan indecible-mente gravoso vivir la clase de vida cristiana a la que había entrado y se esperaba que viviera, que sentía como si cualquier tipo de labor manual hubiera sido más fácil; y habría preferido infinitamente fregar todo el día pisos con mis manos y rodillas a ser obligada a pasar por la rutina de mi trabajo cristiano cotidiano. Envidiaba’, decía, ‘a los sirvientes en la cocina y a las mujeres en las tinas de lavar.

3.    Una carga constante

Esto podrá parecer a algunos como una declaración muy fuere: pero, querido cristiano, ¿acaso esto no presenta un cuadro vivido de algunas de sus propias experiencias? ¿No ha ido a hacer sus tareas diarias sintiéndose un esclavo, creyéndolo su deber y que, por consiguiente, debía hacerlas, pero rebotando como una de esas pelotas de caucho y estrellándose en sus intereses reales y gustos cuando ha terminado su trabajó?!

Usted sabe, sin duda, que ésta es la manera equivocada de manejar esta cuestión, y se siente totalmente avergonzado de ella, pero todavía no ha visto la manera de evitarlo. Usted no ha amado su trabajo; y pudiendo haberlo hecho fácilmente, se ha contentado con rendirse por completo.

Pero, si esto no describe su caso, quizás otro ejemplo lo hará. Usted ama su trabajo en teoría, pero al hacerlo encuentra muchas preocupaciones y responsabilidades asociadas con él, y siente tantos recelos y dudas acerca de su propia capacidad o aptitud, que se convierte en una carga muy pesada. Va al trabajo agobiado y está fatigado antes de que la labor siquiera haya empezado. Después, se angustia continuamente por los resultados de su trabajo y se aflige grandemente si éstos no son precisamente lo que quería. Esto en sí mismo ya es una carga constante.

4.    Las cosas que queremos hacer

Ahora bien, el alma que entra totalmente en la bendita vida de fe es liberada por completo de todas estas formas de esclavitud. En primer lugar, el servicio de cualquier clase se vuelve algo deleitoso para ella, porque, al haber rendido su voluntad al cuidado del Señor, él obra en ella el querer y é hacer por su buena voluntad, y el ama misma se encuentra realmente queriendo hacer las cosas que Dios quiere que haga.

Siempre es muy agradable hacer las cosas que queremos hacer, aun cuando sean difíciles de lograr, o cansen nuestros cuerpos. Si nuestra voluntad está puesta  en una cosa, vemos con sublime indiferencia los obstáculos que hubiera para poderla alcanzar, y nos reímos ante la idea de cualquier oposición o dificultades que nos lo impidieran. ¡Cuántos hombres han ido alegremente hasta el fin del mundo en busca de fortunas mundanas, o para cumplir ambiciones terrenales, y han desdeñado la idea de cualquier “cruz” asociada con ello! ¡Cuántas madres se han congratulado y regocijado por el honor de que sus hijos sean promovidos a lugares de poder y provecho en el servicio de su I país, aunque esto haya implicado quizás años de separación y una vida de penalidades por sus seres queridos! Y, sin embargo, estos mismos hombres y estas mismas madres, habrían sentido y dicho que estaban llevando cruces demasiado pesadas, si el servicio de Cristo hubiera requerido del mismo sacrificio de cosas, amigos y comodidades mundanas.

5.    Constriñéndonos por el amor

Llegar a pensar que éstas son o no son cruces dependerá por completo de la manera en que veamos las cosas. Y me avergüenzo de pensar que cualquier cristiano ponga cara larga y vierta lágrimas por hacer una cosa para Cristo por la que una persona que no lo es se alegraría en extremo de hacer por dinero.

Lo que necesitamos en la vida cristiana es motivar a que los creyentes  quieran hacer la voluntad de Dios tanto como otras personas desean hacer la suya propia. Y ésta es la idea del evangelio. Es lo que Dios quiso para nosotros; y lo que prometió. Al describir el nuevo pacto en Hebreos 8:6-13 él dice que el antiguo pacto hecho en el Sinaí ya no será más; es decir, una ley dada desde afuera, controlando al hombre por la fuerza; sino que será una ley escrita por dentro, constriñéndonos por el amor. “Pondré mis leyes en las mentes de ellos y en sus corazones las inscribiré”(Heb. 8:10b). Esto expresa sólo una cosa, y es que amaremos más su 1ey, porque amaremos cualquier cosa que el inscriba en nuestros corazones. También significa que “Dios es el que produce en vosotros tanto el querer como el hacer, para cumplir su buena voluntad”(Fil. 2:13). Esto significa que desearemos lo que Dios desea y obedeceremos sus dulces mandamientos, no porque es nuestra obligación hacerlo así, sino porque nosotros mismos anhelamos hacer lo que él desea que hagamos.

6.    La manera en que Dios trabaja

Posiblemente nada podría concebirse que fuera más eficaz que esto. Qué tan a menudo hemos pensado, al tratar con nuestros hijos: “¡Oh, sí sólo pudiera entrar en ellos y hacer que quisieran lo que yo quiero, qué fácil sería conducirlos!”. Con cuánta frecuencia hemos encontrado en la experiencia práctica que al relacionarnos con personas intratables debemos evitar cuidadosamente no expresarles nuestros deseos, sino inducirlos de alguna manera a que expresen por sí mismos esa misma cosa, seguros de que entonces no habrá motivo para que se opongan y contiendan. Y nosotros, que por naturaleza somos testarudos, siempre nos rebelamos en mayor o menor medida contra una ley que nos viene de afuera, si bien abrazamos gozosamente la misma ley que brota de adentro de nosotros mismos.

Por consiguiente, la manera en que Dios trabaja es tomando posesión de nuestro interior, tomando el mando y la dirección de nuestra voluntad y obrando en ella para nuestro provecho. Entonces la obediencia es fácil y una delicia, y el servicio se convierte en una perfecta libertad, hasta tal punto que el cristiano es  forzado a exclamar: “¡Qué servicio tan feliz! ¿Quién podría soñar tener en esta tierra tal libertad?”.

7.    El control total

Lo que necesitas hacer, entonces, querido cristiano, si estás en esclavitud con respecto al servicio, es poner tu voluntad completamente en las manos de tu Señor, rindiéndole el control total de ella a él” Di: “Si, Señor, sí!”, a todo lo que él te pida hacer, y confía en él así para que obre en ti el querer poner todos tus deseos y afectos en conformidad a su dulce, adorable y muy preciosa voluntad.

He visto a menudo cómo se ha hecho esto en casos donde parecía de antemano algo absolutamente imposible. En un caso, donde una señora se había estado rebelando tremendamente por años contra un pequeño acto de servicio que sabía que era correcto, pero que ella odiaba; la vi, en lo profundo de la desesperación y sin ningún sentimiento, rendir su voluntad  en este asunto en las manos de su Señor, y comenzó a decirle: “¡Que se haga tu voluntad; que se haga tu voluntad!”. Y en un breve tiempo esa misma cosa le comenzó a parecer dulce y preciosa.

8.    El Señor es quien lleva nuestras cargas

Muchos cristianos, como he dicho, aman la voluntad de Dios en teoría, pero llevan grandes cargas en relación a ello. Para esto también hay liberación en la vida maravillosa de la fe. Porque en este estilo de vida no se lleva carga alguna, ni se tienen ansiedades. El Señor es quien lleva nuestras cargas, y sobre él debemos dejar toda inquietud. Él dice, en efecto: “Por nada estéis afanosos; más bien, presentad vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias” (Fil. 4:6).

Por nada estéis afanosos, dice, ni aun por el servicio. ¿Por qué? ¡Porque estamos tan absolutamente desvalidos que no importa cuán afanados estemos, nuestro servicio no significará nada! ¿Qué tenemos que estar pensando si somos aptos o no para el servicio? El amo y obrero tiene ciertamente derecho a usar cualquier herramienta que le agrade para realizar su propia obra, y evidentemente no le atañe a la herramienta decidir cuál es el derecho de que deba usársela o no. El lo sabe; y si él decide usarnos, sin duda que seremos aptos. Y en verdad, todo lo que importa saber es que nuestra capacidad principal está en nuestra impotencia absoluta. Su poder se perfecciona no en nuestra fuerza, sino en nuestra debilidad. Nuestra fuerza es solamente un obstáculo.

PORCIÓN BÍBLICA: Hebreos 8:6-13

Pero ahora Jesús ha alcanzado un ministerio sacerdotal tanto más excelente por cuanto él es mediador de un pacto superior, que ha sido establecido sobre promesas superiores.

Porque si el primer pacto hubiera sido sin defecto, no se habría procurado lugar para un segundo. Porque reprendiéndoles dice: “He aquí vienen días”, dice el Señor, “en que concluiré con la casa de Israel y con la casa de Judá un nuevo pacto; no como el pacto que hice con sus padres en el día en que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto. Porque ellos no permanecieron en mi pacto, y yo dejé de preocuparme por ellos”, dice el Señor. “Porque éste es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días”, dice el Señor. “Pondré mis leyes en la mente de ellos y en sus corazones las inscribiré. Y yo seré para ellos Dios, y para mí ellos serán pueblo.

Nadie enseñará a su prójimo, ni nadie a su hermano, diciendo: ‘Conoce al Señor’; porque todos me conocerán, desde el menor de ellos hasta el mayor. Porque seré misericordioso en cuanto a sus injusticias y jamás me acordaré de sus pecados”.

Al decir “nuevo”, ha declarado caduco al primero; y lo que se ha hecho viejo y anticuado está a punto de desaparecer.

PREGUNTAS PARA LA REFLEXIÓN

Las preguntas que siguen pueden emplearse para la discusión en el contexto de un grupo pequeño, o bien para la reflexión cotidiana individual.

1.         ¿En qué momento de su vida sintió primero el gozo servir a Dios?

2.         ¿Cómo se compara o contrasta su vida con la experiencia de la mujer cuyo nivel de vitalidad creció y después decayó?

3.         De acuerdo con Hannah Whitall Smith, ¿cuál es la solución a este problema tan común?

4.         Muchas personas se identifican con la observación de la autora en el sentido de que el servicio se convierte en un trabajo pesado cuando nos sentimos inadecuados para  hacerlo ¿Qué llamamiento al servicio ha desatendido usted porque no se sentía calificado?

5.         Hebreos 8:6-13 nos dice que Jesús ha establecido el nuevo pacto. Este nuevo pacto, según Hannah Whitall Smith, transforma el servicio de una obligación a un deseo. ¿Cómo sucede esto en nuestra vida?

EJERCICIOS SUGERIDOS     

Los siguientes ejercicios pueden hacerse de manera dual, compartirse entre amigos o emplearse en el contexto un grupo pequeño. Escoja uno o más de ellos:

1.         Haga una lista de todas las cosas que usted hace. Use dos encabezados: “Cosas que tengo que hacer” y “cosas que quiero hacer”. ¿Cuántas cosas acerca de usted mismo le enseña la longitud de las listas?

2.         Medite en Hebreos 8:6-13 un día durante esta semana. Transforme su meditación en oración; pídale a Cristo que libere del “tengo que” de la obligación al “quiero” del deseo.

3.         Lea detenidamente la frase: “Anhelo servir a los demás Dios”, y evalúese en una escala del 1 al 10 (1 es la más baja y 10 la más alta). Ahora conteste las siguientes preguntas:

a. ¿Estoy sirviendo principalmente por un sentido de obligación?

b. ¿Me siento inadecuado para servir? Si usted contestó sí a una o a las dos, vuelva a leer y reflexione en el consejo que nos ofrece Hannah Whitall Smith con respecto a estos dos temas.

4. Permítase ser una “herramienta” esta semana. Como apunta la autora, la herramienta no cuestiona al constructor, sino simplemente permite que la usen. Ponga atención a las muchas maneras en que Dios puede usarlo, aun con sus imperfecciones. Trate conscientemente de llegar a ser débil, porque, como nos advierte Hannah Whitall Smith: “Su poder se perfecciona no en nuestra fuerza, sino en nuestra debilidad. Nuestra fuerza es solamente un obstáculo”.

REFLEXIONES

En esta lectura Hannah Whitall Smith ha tocado una experiencia Casi universal. Alguna vez en la vida, todos hemos sentido el peso agobiante de la obligación. Nos encorvamos bajo la carga de la integridad. El servicio nos aplasta y agota en lugar de levantarnos y animarnos.

Ella nos responde: enamórese una y otra vez de Jesús. Permítale que obre en el interior, dándole la gracia para que el “querer” del amor reemplace al “tener que” de la obligación. Su respuesta puede no ser completa, pero ciertamente es medular. Nada es más importante en el corazón de nuestro discipulado que una relación amorosa continua y cada vez más profunda con Jesucristo. Esto, a su vez, nos incita a amar a toda la gente y nos da el deseo de hacer su obra aquí en la Tierra. (R.J. Foster & J.B. Smith)

LECTURAS ADICIONALES

Whitall Smith, Hannah. The Christian’s Secret of a Happy Life. Oíd Tappan, NJ: Fleming H. Revell, 1962. Que yo sepa éste es el único libro que Hannah Whitall Smith- escribió. Fue suficiente. En un lenguaje sencillo describe el viaje del alma a través de las dudas, fracasos y tentaciones, hasta llegar al gozo de la obediencia y, finalmente, a la unión divina. Entretejido en este libro hay un gozo poético que establece un marcado contraste con el tono de muchos escritos que promueven la perfección espiritual. Hannah Whitall Smith encontró la vida abundante e invitó a sus lectores a entrar en la alegre misericordia de Dios.

Fuente: J. Foster & J.B. Smith editores, Devocionales Clásicos, trad. José Septién, Ed. Mundo Hispano, 2004, pags. 305-311.

el camino

Publicado el 26 marzo, 2013 en Desarrollo Personal, Iglesia, Lectura Bíblica, Reflexiones. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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