La gracia de la humildad

Jeremy Taylor (1613—1667)

 PRESENTACIÓN DEL AUTOR

Nacido y educado en Cambridge, Inglaterra, Jeremy Taylor se hizo pronto famoso por sus habilidades como erudito. Fue ordenado 1633 y más adelante llegó a ser capellán de Carlos I. Esta relación lo llevó a ser encarcelado por los parlamentarios en 1645. En 1658 se mudó a Irlanda y, después de la Restauración, fue consagrado obispo de Down y Connor.

Fue un escritor intenso, persuasivo y prolífico que dejó tras de sí suficientes escritos como para llenar varios volúmenes, escribió la primera historia inglesa de la vida de Cristo así como varios libros de carácter devocional y erudito. Se lo conoce mejor por su Holy Living (Una vida santa) y Holy Dying (Una muerte santa). Se trata de dos manuales prácticos que, utilizando a los escritores clásicos y cristianos, conducen al lector a una vida más profunda de sacrificio y humildad.

El fragmento que sigue revela la extensa visión que Taylor tenía de la conducta humana. Ve con gran claridad nuestras luchas internas en búsqueda de reconocimiento y las muchas estratagemas que empleamos para conseguirlo. Sus “reglas” podrán parecer extrañas u ofensivas a los lectores modernos, que se sienten más cómodos con el lenguaje contemporáneo de la autoestima, pero Taylor comprendía bien la importancia de la humildad, por lo que su palabra es muy necesaria para nosotros hoy.

 FRAGMENTOS DE LA REGLA Y LOS EJERCICIOS DE UNA VIDA SANTA.

1. Una opinión realista de ti mismo

La gracia de la humildad se ejerce de acuerdo con las siguientes reglas:

Primera: no tengas de ti un concepto muy alto por las circunstancias externas que llegan a tu vida. Aunque podrías, a causa de los dones que te han sido dados, ser mejor en algo que otro (como un caballo que corre más rápidamente que otro), debes saber que es para el beneficio de los demás, y no para ti mismo. Recuerda que eres solamente humano y que en ti no hay nada que merezca ser reconocido, excepto cuando decides correctamente.

 Segunda, la humildad no consiste en criticarte, llevar vestiduras raídas o conducirte sumisamente, a donde quiera que vas. La humildad consiste en una opinión realista de ti mismo, es decir, que eres indigno. Cree esto acerca de ti mismo con la misma certeza que crees que tienes hambre cuando no has comido.

 2.  Haz las cosas buenas en secreto

Tercera, cuando ya tienes esta opinión de ti mismo, conténtate con que otros piensen lo mismo de ti. ¡Si comprendes que no eras sabio, no te enfades si alguien más no está de acuerdo! Si en verdad tienes esta opinión de ti mismo, debes desear que otros tengan esta opinión también. Serías un hipócrita si pensaras modestamente de ti mismo, pero esperas que los demás hablaran muy bien de ti.

 Cuarta, fomenta un amor por hacer las cosas buenas en secreto, ocúltalas a la vista de los demás para que no te tengan en alta estima a causa de ellas. Conténtate con ir por la vida sin recibir alabanzas y no atormentarte cuando alguien te ofende o menosprecia. Recuerda, si sabes que eres Indigno nadie podrá menospreciarte. Una vez que lo sepas, no importa cuánto te desprecien, jamás podrán herirte.

 3.  Nunca te avergüences

Quinta, nunca te avergüences de tu nacimiento, de tus padres, de su ocupación, de su condición humilde o de tu empleo presente. Cuando tengas oportunidad de hablar de ellos, no te intimides, sino habla con soltura, indiferente a la manera en que los demás te vean. Se dice que Primislaus, el primer rey de Bohemia, guardaba sus zapatos viejos de trabajo cerca de él, para que le recordaran siempre su educación humilde.

 Sexta, nunca digas nada, directa o indirectamente, que provoque alabanza u obtenga halagos de los demás. No permitas que la alabanza sea el fin deliberado de lo que dices-. Si ocurre que alguien habla bien de ti en medio de una conversación, no la detengas. Sólo recuerda esto: No dejes que la alabanza sea el propósito de tus conversaciones.

 4.  Refiérela a Dios

Séptima, cuando recibes alabanza por algo que has hecho, tómala con indiferencia y devuévela a Dios, el dador del don, el que bendice la acción, el que ayuda al proyecto. Siempre dale gracias a Dios por hacer de ti un instrumento de su gloria en beneficio de los demás.

 Octava, hazte un buen nombre para ti por ser una persona de virtud y humildad.  Es de utilidad que los demás que te oyen hablar oigan de ti cosas buenas. Como modelo, pueden hacer uso de tu humildad para su provecho. Pero ten cuidado con tu círculo de amigos y no permitas que tu buena reputación sea el objeto de su mirada. Úsala como un instrumento para ayudar a tu vecino, pero no la emplees para tu propia ganancia. Sé como Moisés cuyo rostro resplandecía para que los demás lo vieran, pero no hizo de ella un espejo para sí mismo.

 5.  Las aguas de la vanidad

Novena, no te enorgullezcas de cualquier alabanza que te dan.  Regocíjate en Dios que da dones que los demás pueden ver en ti, pero mézclalo con respeto santo, para que este bien no se vuelva en mal. Si la alabanza llega, ponla a trabajar para que sirva a otros fines aparte de ti mismo. Pero sé cauto y está en guardia para que el orgullo  nunca entre, y transforme tu alabanza en pérdida.

 Décima, como en la sexta regla, no preguntes a otros acerca de tus fallas con la intención o propósito de que te hablen de tus buenas cualidades.  Algunos hablan humildemente de sí mismos para hacer que los demás den cuenta de su bondad. Están buscando elogios solamente y, sin embargo, son ellos los que terminan tragándose el anzuelo, hasta que, por beber las aguas de la vanidad, se inflan  y estallan.

 6. Los susurros del diablo

Decimoprimera, cuando alguien te desprecia o te sientes menospreciado, no albergues ningún sentimiento de ira, suponiendo que merecías realmente la alabanza y que pasaron por alto tu valía, o que dejaron de alabarte por envidia. No busques aduladores que tomen partido por ti, en cuyos vanos bombos y platillos y vacías alabanzas traten de mantener en alto tu autoestima.

 Decimosegunda, no consideres ninguno de los susurros de orgullo del maligno, como el de Nabucodonosor: “¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué como residencia real, con la fuerza de mi poder y para la gloria de mi majestad?” (Dan. 4:30).

Algunas personas se la pasan soñando en cosas grandes, imaginando teatros llenos de gente que los aplaude y a ellos mismos pronunciando discursos atractivos, fantaseando que poseen riquezas colosales. Todo esto es nada, pero los humos del orgullo exponen los verdaderos deseos del corazón. Aunque no hay nada directamente malo en esto, es el fruto de un mal interno y no tiene nada que ver en absoluto con la obtención de la humildad

 7.  El deseo de denigrar

Decimotercera, toma parte activa de la alabanza de los demás, ponderando sus virtudes con deleite. De ninguna manera te entregues al deseo de denigrarles, disminuir su alabanza o hacer objeción alguna. Jamás pienses que por oír un buen informe de alguien más, de alguna manera se disminuye tu valor.

 Decimocuarta, alégrate cuando veas u oigas que a otros les va bien en sus trabajos y que aumentan sus ingresos, aun cuando no sea así contigo. De la misma manera, regocíjate cuando el trabajo de alguien más es aprobado y el tuyo es rechazado.

 8.  Resaltemos las fuerzas

Decimoquinta, nunca te compares con los demás  a menos que sea para mejorar la impresión que tienes  de ellos y disminuir la que tienes de ti mismo.  Pablo nos animaba a que estimáramos humildemente a los demás como superiores a nosotros mismos Así, es conveniente que resalieran las capacidades de los que nos rodean para poder ver nuestras debilidad más claramente.

Cuando echo una mirada alrededor, veo que cierta persona es más instruida que yo, otra persona es más frugal, otra es más casta, y otra más es más caritativa, o quizás menos orgullosa. Si yo debo ser humilde, no pasaré por alto o desestimaré sus buenas virtudes. Muy por el contrario, reflexionaré en ellas.

 La persona verdaderamente humilde  no sólo verá con admiración las capacidades de los demás, sino también considerará con mirada de perdón sus debilidades. La persona verdaderamente humilde tratará de ver cómo las acciones pecaminosas de los demás fueron cometidas porque carecían de la luz suficiente o estaban engañados, concluyendo que si ellos tuvieran los mismos beneficios y ayudas que ella tiene, no habrían cometido un mal así, sino que habrían hecho mucho bien.

 Pablo dijo de sí mismo: “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero” (1 Tim. 1:15). Así es como todos debemos vernos. Pero esta regla debe usarse con cautela: no lo digas refiriéndote a los demás, sino tenla para ti. ¿Por qué? Porque las razones que tienes para sentir así (el [conocimiento de tus pecados) no las conocen los demás, como las conoces tú, y podría hacerles dudar de la  alabanza que das a Dios por todo lo que él ha hecho por ti. Si guardas estos pensamientos para ti, podrás de mejor manera alabar a Dios y darle [gracias públicamente.

 9.  La virtud menosprecia la mentira y lo que la esconde

Decimosexta, No trates de excusar constantemente todos tus errores. Si has cometido un error, un descuido o una indiscreción, confiésalo simplemente, porque la virtud menosprecia la mentira y lo que la esconde. Si no eres culpable (a menos que sea escandaloso), no te preocupes excesivamente por cambiar la opinión de todos acerca de este asunto. Aprende  a sobrellevar la crítica pacientemente, sabiendo que las palabras ásperas de un enemigo pueden ser un motivador más grande que las palabras amables de un amigo.

 Decimoséptima, da gracias a Dios por cada debilidad falta  e imperfección que tengas. Acéptalas como un favor de Dios, un instrumento para resistir al orgullo y fomentar la humildad. Recuerda, ¡si Dios ha decidido reducir la hinchazón de tu orgullo, te ha facilitado la entrada al camino estrecho!

 10.  Lo que más le importa a Dios

Decimoctava, no descubras las debilidades de los demás para hacerlos sentirse menos capaces que tu. Ni debes pensar en tu habilidad como superior o con deleite, o usarla para colocarte por encima de la otra persona.

 Se cuenta de Ciro que nunca competía en algún deporte con sus amigos en los que sabía que era superior a ellos. En cambio, siempre competía en los deportes en los que era menos hábil que sus oponentes. No quería demostrar su superioridad ganando, sino que daba mayor importancia a aprender de los más experimentados, compartiendo al mismo tiempo la alegría de sus triunfos.

 Decimonovena, recuerda que lo que más le importa a Dios es que le sometamos todo lo que somos y tenemos. Esto requiere que estemos dispuestos a soportar todo lo que su voluntad quiera traernos, y preparados para cualquier cambio.

 11. Crecimiento por el ejercicio

La humildad empieza como un don de Dios, pero crece como un hábito que desarrollamos. Es decir la humildad se desarrolla cuando la ejercitamos. En su conjunto, estas reglas son buenas ayudas e instrumentos para establecer y aumentar la gracia de la humildad y la disminución del orgullo.

 12. Un ejercicio que aumenta la gracia de la humildad

Confiesa a menudo tus pecados a Dios y no pienses que son faltas aisladas dispersas en el curso de una vida larga; un estallido de enojo aquí, un acto de impaciencia allí. En cambio, únelos en una representación continua de tu vida. Recuerda que una persona puede parecer muy buena si sus faltas se dispersan en grandes distancias a lo largo de su vida; pero si sus necedades y sus errores se ponen uno junto a otro, parecerá una persona viciosa y miserable. Ojala que este ejercicio, cuando sea aplicado realmente a tu alma, te sea útil para aumentar la gracia de la humildad.

 PORCIÓN BÍBLICA: Lucas 14:7-11

Observando cómo escogían los primeros asientos a la mesa, refirió a los convidados una parábola, diciéndoles: Cuando fueres convidado por alguno a bodas, no te sientes en el primer lugar, no sea que otro más distinguido que tú esté convidado por él, y viniendo el que te convidó a ti y a él, te diga: Da lugar a éste; y entonces comiences con vergüenza a ocupar el último lugar. Más cuando fueres convidado, ve y siéntate en el último lugar, para que cuando venga el que te convidó, te diga: Amigo, sube más arriba; entonces tendrás gloria delante de los que se sientan contigo a la mesa.(B) Porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla, será enaltecido.(C) Dijo también al que le había convidado: Cuando hagas comida o cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a vecinos ricos; no sea que ellos a su vez te vuelvan a convidar, y seas recompensado. Más cuando hagas banquete, llama a los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos; y serás bienaventurado; porque ellos no te pueden recompensar, pero te será recompensado en la resurrección de los justos.

PREGUNTAS PARA LA REFLEXIÓN

1.  La humildad, escribe Jeremy Taylor, empieza con una valoración realista de nosotros mismos, a saber, que somos indignos. ¿Cómo contrasta esto con el énfasis moderno de lograr una alta autoestima?

2.  “Algunas personas se la pasan soñando en cosas grandes”, advierte Taylor. “Aunque no hay nada directamente malo en esto”, sigue diciendo, “es el fruto de un mal interno”, ¿Cómo los sueños de grandeza han sido un estorbo para su vida espiritual?

3.  Taylor nos anima a que no nos avergoncemos de nuestro nacimiento, posición económica o vocación. ¿De cuántas maneras se ha sentido avergonzado en alguna de estas áreas?

4. Revise toda la lista de las reglas de Taylor. ¿Cuál de ellas le resulta más fácil de llevar a la práctica? ¿Cuál la más difícil?

5.  En Lucas 14:7-11, Jesús contó una parábola a un grupo de personas cuando vio cómo escogían los lugares de honor en una cena. ¿De cuántas maneras esta parábola coincide con la enseñanza de Taylor acerca de la humildad?

EJERCICIOS SUGERIDOS

1. Esta semana “fomenta un amor por hacer cosas buenas en secreto” (regla 4). Haga que sus actos de bondad pasen inadvertidos. Simplemente hágalos por amor a los demás, no por la alabanza que recibiría.

2.   Esta semana, evite manipular las conversaciones para recibir alabanza o elogios de los demás (reglas 6 y 10). Como Taylor nos exhorta: “no dejes que la alabanza sea el propósito de tus conversaciones”. También, cuando alguien lo alabe, “refiérala a Dios” (regla 4).

3.   Taylor cree que una confesión completa nos ayudará mucho a alcanzar la humildad (vea la sección 12). Durante esta semana cuando haga confesión, procure no ver sus faltas y fracasos como acciones al azar y esporádicas como si se tratara de una buena vida diferente, más bien, “únelos en una representación continua de tu vida”. Este ejercicio, señala Taylor, cuando realmente se aplica al alma, será de gran utilidad para aumentar la gracia de la humildad.

4. Como Jesús lo ordena, en el transcurso de la semana no trate de obtener ningún lugar de honor; conténtense con lugar más bajo. Humíllese y deje la exaltación a otros.

 REFLEXIONES

 En el prólogo de su obra Holy Living (Una vida santa) Taylor habla de los “instrumentos de la virtud” que deben utilizarse para el continuo desarrollo de una vida santa. Las actividades de compromiso y abstinencia que producen la humildad son precisamente estos instrumentos.

   Estos son medios ordenados por Dios para desarrollar la virtud, y no podemos esperar que, sin el uso frecuente de ellos, crezca en nosotros el espíritu de la humildad. Sin duda, esto es especialmente cierto en lo que atañe a todas las virtudes. De aquí que, de acuerdo con Taylor, una de nuestras tareas permanentes es buscar continuamente  “hacer uso de los instrumentos adecuados de la virtud (Richard Foster)

 Fuente: Devocionales Clásicos, R.J. Foster y J.B: Smith. Editores. Ed. Mundo Hispano. Trad. J. Septién. Pags. 312-318

DC

Publicado el 5 octubre, 2013 en Adoración y alabanza, Desarrollo Personal, Iglesia, Lectura Bíblica y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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